(1)
Una larga noche
Ya había perdido toda expectativa respecto de tantas fiestas, recepciones y veladas a las que asistí desde que me presentaran en sociedad hace siete años.
A mí la cuestión me importaba poco. O más bien nada.
No, no debería engañarme ni a mí ni a nadie: la verdad es que, como cada vez -y aquella noche no era la excepción-, navegaba entre el aburrimiento y el fastidio.
Mis padres, en cambio, en cada oportunidad se acercaban a la frontera entre “la vida y la muerte”. Tampoco aquella noche era la excepción para ellos.
Nada me resultaba sorprendente entonces. O eso creía.
Después de soportar estoicamente los cotilleos y las conversaciones sobre vestidos y viajes a Europa de mis “amigas”, ocurrió lo de siempre: bajo la atenta vigilancia de mamá y papá, otro “candidato” se acercó y se atuvo al libreto habitual. Elogió mis grandes ojos marrones, mi grácil figura, alardeó de las miles de hectáreas que poseía, de su “cultura” y dio rienda suelta a su vena “poética” susurrando cómo se verían mis cabellos rubios en sus campos cuando cayera el sol de la tarde.
Yo también seguía el ritual: devolvía sonrisas de ocasión y soltaba alguna pregunta que simulara un mínimo interés.
Cuando ya me había quedado sin recursos y el tiempo conspiraba contra mí porque parecía que había renunciado a transcurrir, sentí un leve empujón.
—Disculpe señorita —dijo una elegante mujer enfundada en un vestido negro.
Antes de que pudiera replicar nada, prosiguió:
—Usted también caballero, excusez-moi. Necesito la ayuda de una dama.
Y sin darle chance de emitir palabra, me llevó al tocador.
—No iba a dejar que el tedio se apoderase de usted, mademoiselle —afirmó.—¿Qué le hace creer eso? —repuse entre risas.
—Su mirada rara vez se posaba en sus amigas o en el joven apuesto sino que se deslizaba hacia arriba. En el centro de la sala, arriba, está el reloj: señal de que no tenía interés en la charla y ansiaba que el tiempo pasara cuanto antes. Aunque su vestido lo disimulaba, sus pies se movían: era obvio que estaba incómoda y sus zapatos la torturaban. Su cuerpo apuntaba hacia la puerta: era evidente que se quería ir —argumentó mientras sus ojos verdes, que resaltaban respecto de su tez blanca y su cabello castaño, centelleaban.
—¡Vaya! ¡A usted no puedo engañarla! —respondí riendo.
—Pero a ellos sí. Es usted una estupenda actriz. Apenas le falta un poco y todos diremos: “Vieriu”.
—¿Qué?
—“Le creo”, como diría mi amigo Konstantin. Un maestro ruso de teatro que conocí en mi último viaje a Moscú.
—Ahora veo cómo logró rescatarme: la actriz es usted —agregué con cortesía.
—Soy Madame Marianne Beaumont —se presentó.
—¡Así que es usted! Su fama la precede… —añadí con picardía—. Soy Emma Soler Aragón.—¿Segura? ¿No es usted Baltasar Viola? —preguntó con astucia.
—¿Cómo lo sabe? —contesté tan asustada como sorprendida.
—Muy simple: mientras usted disfrutaba de sus distinguidas compañías, yo me divertía gracias al Coronel Victorino Villaverde. Blandía un periódico y lanzaba feroces diatribas contra un artículo que justamente allí escribió el “señor” Viola. Usted intentaba acercarse. Y escuchar. Fue la única vez que la vi sonreír.
—Eso no es suficiente… —cuestioné.
—No, pero el nombre del periodista, ¡oh casualidad!, procede de dos obras de Shakespeare: Portia se hace pasar por Baltasar en “El mercader de Venecia”, y Viola por Cesario en “Noche de Reyes”. Es culta, le sobra ingenio, no quiere que nadie elija por usted. Y seguro disfruta irritando a aquellos, como el Coronel, que lamentan todo avance y descubrimiento. Salvo el fuego, porque no quieren morir de frío en invierno…
—¡Fascinante! —exclamé entre carcajadas.
—Llamame Marianne —invitó con calidez.
—Decime Emma.
—Vámonos de aquí. Salgamos a respirar aire puro —agregó sin más dilación.
Todavía no me explico cómo Marianne logró convencer a mis padres: en cuestión de minutos estábamos en su carruaje.
La noche parecía otra: ya no había rastros del hastío y, tan animada era nuestra conversación, que comencé a lamentar cada minuto que pasaba.
—José, detenga el coche —ordenó Marianne de repente.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—Vení. Creo haber visto algo —respondió.
A nuestro riesgo ingresamos en un callejón oscuro y nos encontramos con una sorpresa atroz: una joven de no más de veinte años yacía ensangrentada en la acera.
—En la lápida no había ningún nombre —musitó la desahuciada antes de perder el conocimiento.
Marianne se acercó a ella y palpó su cuerpo.
—Vivirá. Si no perdemos tiempo —sentenció centrando su mirada en la mía.
(2)
La vidente
La existencia de esa muchacha pendía de un hilo en ese sitio tan lóbrego en el que un farol despedía una luz mortecina que apenas permitía distinguir sus cabellos rojizos, un magullón en su rostro y poco más. Yo sudaba y mis manos temblaban, pero Marianne se mostraba segura.
—¿Eso dice tu intuición? —pregunté incrédula.
—La probabilidad lo dice —replicó—. Podrías ayudarme sosteniendo esto.
—¿De dónde lo sacaste?—inquirí.
—Cuando vislumbré que una figura espigada corría en una dirección y que otra, robusta y que se esforzaba por ocultar su rostro, se evadía por la opuesta e ingresaba en la avenida, supe que teníamos que frenar. Abrí el compartimento debajo del asiento, retiré ese bolso de emergencia y salimos —agregó ella en tanto sacaba un tubo de madera—. Interesante… —acotó al auscultar a la chica. Luego cambió sus guantes y con gran competencia aplicó gasas sobre las heridas.
«¿A quién se le ocurriría llevar un equipo así en su carruaje?», pensé. El aplomo de Marianne revelaba que no era una improvisada en estas lides.
—¡Vaya! —exclamó asombrada.
Ya estaba finalizando su labor cuando de repente se me heló la sangre: del fondo de la penumbra irrumpió un fornido individuo. Usaba sombrero y un pañuelo anudado en el cuello, vestía de negro y se veía desaliñado con rastros de golpes en su cara.
—¡Dos bacanas! ¡Qué bien quedarían en el tambo! ¡Una madama y una minita sin shacar! —dijo el desagradable extraño—. ¡Vamos a la gurda! —añadió acercándose cada vez más hacia mí.
—¡No! ¡Por favor! —supliqué llorando y dejé caer el bolso.
Enseguida se escuchó un chasquido seco y desde las manos de Marianne, que se había incorporado y volteaba, un destello plateado surcó la oscuridad.
—Si brama mi bufoso, te mando al bombo. También te puedo hacer encanar y quedarás hundido en Ushuaia. O mejor… despedite del ganso…
Mis oídos no daban crédito a lo que escuchaban: ¿cómo era posible que de la boca de una mujer tan refinada manara ese torrente de expresiones tan marginales? Lo cierto es que el matón enmudeció inmóvil.
—Va a haber buen vento si cantás todo lo que sabés de esto… —agregó Marianne.
—No doña… no soy batidor. Yo no las vi, ustedes no me vieron —respondió aterrorizado y huyó.
A duras penas sacamos a la chica del callejón, doblamos por la calle adyacente, llegamos a la avenida y, con sumo cuidado, entramos al carruaje.
Veinte interminables minutos después llegamos al Hospital San Roque y dos hombres llevaron a la desdichada en una camilla.
Entretanto, ingresamos al vestíbulo principal, donde se hallaba una mujer de ojos claros y expresión calma y afable.
—¡Marianne! ¿Qué hacés acá!
—¡Cecilia!
Marianne abrazó a nuestra anfitriona, le informó brevemente lo que había sucedido con la muchacha y luego comenzó a exponer sus hallazgos e hipótesis. En ese momento se unió a ellas un médico joven, moreno, alto, de ojos oscuros y mirada profunda y de unas facciones... Intenté seguir escuchando las explicaciones, pero me resultó imposible. «¿Quién serás?», pensé, algo agitada.
—Soy cirujana, pero no estoy autorizada a operar. Lo siento —se lamentó Cecilia.
—Yo no tengo permitido hacerlo solo —señaló el recién llegado.
—Es indispensable que ustedes se encarguen de todo —insistió Marianne—. Los ayudaré. ¡Virgilio!
—¡Madame Beaumont! —se alegró un cirujano de enrulados cabellos castaños, apenas mayor que ella y Cecilia. Claramente, mi amiga no le era indiferente, y, como parecía costumbre, no le costó convencerlo: los tres médicos se dirigieron hacia el quirófano.
Entonces sobrevino el silencio por unas horas.
A través de una ventana Marianne reflexionaba y contemplaba la lluvia que había comenzado a caer.
Yo, en cambio, me desplomé sobre un banco.
«Por fin, después de tanto tiempo tengo una amiga de verdad. Salvó mi honor y esa chica probablemente le deba su vida. Pero ella me metió en todo esto… Y él… Dios, ¿qué hora es?… ¡Si mis padres supieran dónde estoy ahora y por qué!», pensé.
—La Doctora Grierson las espera en la sala al final del pasillo. ¿Emma?
—¡Beatriz! ¡Te hacía en el convento! —repuse sorprendida.
—¡Sí, pero también soy voluntaria aquí! ¡Ay Emmita quien nos hubiera conocido de niñas, jamás pensaría que visto los hábitos!
Lo único que me faltaba era encontrarme a Beatricita... Su madre era cercana a la mía. ¡Un problema más! Tan rápido como pude, me despedí de mi amiga de la infancia, y mientras Marianne entraba a la sala, oí la voz de Cecilia:
—La vidente abrió la puerta.
[Significado de palabras en lunfardo]
(3)
Un as en la manga
—¿Vidente? —pregunté desconcertada.
—Sí, escuchó bien, querida… —respondió Cecilia.
—¡Qué descortés he sido! —intervino Marianne, que cerraba la puerta—. Mi amiga, Emma Soler Aragón —agregó—. Emma, la Doctora Cecilia Grierson. Una mujer extraordinaria: la primera médica de este país y la fundadora de la escuela profesional de enfermería. Ella abre el camino para todas. Creeme que la recordará la Historia.
—Mucho gusto, jovencita —repuso Cecilia que se había sonrojado—. Pero si busca una mujer extraordinaria, está a su lado —devolvió la gentileza a Marianne—. Permítame presentarle a mi colega, el Doctor Renato Jenkins.
Fue entonces cuando nuestras miradas se encontraron. Sus ojos oscuros, algo pequeños e inclinados, se encendieron al instante; al tiempo que me rehuían, clamaban por volver a mí. Los míos se abrieron de par en par y no podían dejar de mirarlo.
—Un placer, señorita Soler Aragón —dijo él inclinándose y besando mi mano.
«¿Qué es este cosquilleo? Y este… calor... estas... ¿olas? rompiendo dentro de mi pecho...», pensé.
—El gusto es mío… Doctor.
—Renato, por favor.
—Emma.
—Como decía: nuestra amiga es “vidente” —retomó Cecilia—. Verá por qué. ¿Emma?
«¡Qué vergüenza, Emma! ¡Concentrate!», me reprendí.
—S-sí, cuénteme.
—Con solo auscultar y palpar a la paciente, Marianne sospechó su dextrocardia.
—¿Qué?
—Significa que su corazón apunta hacia la derecha —señaló Renato.
—Concretamente, ¿qué importancia tiene? —pregunté.
—En la posición ordinaria del corazón esa herida hubiese sido fatal —respondió Cecilia—. Marianne, tuviste razón: el arma se rompió durante el ataque y gran parte de la hoja quedó dentro de la paciente, ejerciendo presión e impidiendo que se desangrara.
—También acertó cuando supuso que el mayor sangrado fue el inicial, que el corsé opuso resistencia, y que la trayectoria de las heridas es algo torpe —completó Renato.
—No tengo idea de cómo lo percibiste, pero esa arma tiene una curvatura particular —resaltó Cecilia.
—Jamás vimos algo así. El Doctor Rocamora tampoco —precisó Renato—. ¿Cómo se dio cuenta?
—Mientras aplicaba las gasas, llegué hasta la zona principal que, extrañamente, ya casi no sangraba. Allí palpé un reborde de la hoja y supuse de qué podría tratarse. Sí, lo que piensan es verdad: es un arma demasiado peculiar…
—¿O sea que la chica sobrevivió por estas circunstancias particulares que el atacante no imaginó, y porque Marianne estuvo allí? Y gracias a la intervención de ustedes, claro —acoté.
—No se quite mérito, querida. Usted también fue parte de esto —subrayó Cecilia.
—Yo… bueno, supongamos… Salvamos su vida, ¿pero cómo está ella? —inquirí.
—La cirugía fue un éxito, pero su estado es delicado. Es incierto cuándo recuperará la conciencia —contestó Renato con seriedad.
—Ni siquiera sabemos su nombre… —lamenté.
—Una de las tantas cosas que debemos descubrir —afirmó Marianne.
—¿Debemos? —pregunté sorprendida—. ¿De esto no debería ocuparse…?
—Sí. Pero en nuestros términos —me interrumpió.
—A propósito… Como ginecóloga y obstetra puedo confirmar tu otra sospecha, Marianne: la paciente dio a luz recientemente. Y no descarto que su bebé haya nacido con vida —reveló Cecilia.
Marianne hizo silencio. Su rostro se transfiguró, y mientras en sus ojos verdes se adivinaba el brillo de una lágrima, Cecilia tomó su mano. Renato se acercó y la abrazó.
—Señora Marianne, estoy aquí… —dijo él con calidez.
—Para vos, sólo Marianne. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo? —lo reprendió con voz quebrada y una sonrisa que destilaba una dulzura casi familiar.
«¿Qué sucede? ¿Qué significa esto?», me pregunté.
—Según el artículo 165 del Código de Procedimientos, los médicos deben denunciar el hecho dentro de las veinticuatro horas. Como no será posible hacerlo ante el fiscal o el juez, habrá que contactar a la policía —dictaminó Marianne recomponiéndose.
—¿No es eso normal? —cuestioné.
—Sí, siempre que no venga Madariaga. O Francavilla, que es peor… —me respondió.
—¿Quiénes?
—Dos inspectores. Ya te explicaré. No hay tiempo que perder y, por ahora, la tormenta juega a nuestro favor. Tenemos que examinar el arma, a la víctima y sus pertenencias. No se nos puede escapar ningún detalle. Y ninguno de esos dos debe ser el primero en llegar.
—¿Estás loca?
—Para nada. La denuncia y las primeras actuaciones policiales tienen que ajustarse a nuestros lineamientos. Evidentemente, a esa joven alguien la quiere muerta. Por su seguridad, debemos ir hasta el fondo.
—¿Qué pensás hacer?
—Gracias al teléfono y a algunos contactos, por “pura casualidad”, el primero en llegar será Esteban Mariño, un agente novato con quien trabajé varias veces… —Entornó los ojos y sonrió.
Una vez más, Marianne tenía un as en su manga. Ojalá guardara algún otro para jugarlo con mis padres…

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