Suerte en Pompeii
Faltaban pocos días para las calendas septembris. La ciudad era un hervidero.
Ese 23 de Augustus, día de la vulcanalia, cinco hombres se encontraban en el Foro, frente al Templo de Júpiter.
—Nada más importante que la domus para un ciudadano, Gaius. ¡Qué mejor que cerrar un trato así entre amigos y frente a Júpiter!
—Tienes razón, Fidus.
—Rufus: Gaius quiere comprar, ¿quieres vender?
—Sí.
—Crispus y Maximus, ¿son testigos del acuerdo? ¿Serían capaces de jurar ante el dios?
—¡Somos testigos y juramos!
—Gaius, el precio —añadió Fidus, mientras el comprador entregaba una abultada bolsa—.Toma este mapa: ve hacia donde está la cruz. Atenderemos un asunto impostergable. Luego nos encontraremos allí para que tomes posesión.
Gaius giró y se encontró con una mujer de ojos verdes.
—Disculpe, señora. Soy nuevo aquí. ¿Podría ayudarme?
—¿Señora? —replicó ella, riéndose—. ¿En qué puedo servirle, Dominus?
—Compré una domus y no conozco el lugar.
—Perdone, Dominus. Al salir del macellum presencié involuntariamente la situación. ¿Podría mostrarme ese mapa?
—¡Claro!
—Es propiedad del patricio Lucius Aemilius Lepidus. La llamamos “la domus de Menandro”. Dicen que dentro hay un fresco del poeta.
—¡Imposible!
—Me temo que no, Señor. Mi amo vive cerca, puedo mostrársela. Viridia, para servirle.
—Gracias. Soy Gaius Sempronius Varro.
La esclava y el forastero se dirigieron hacia la casa.
—¿Por qué vino aquí, Dominus?
—Vivo en Roma. Soy herrero. No tengo padres, hermanos ni propiedad. Viajé a Neápolis a recibir la herencia de Marcus, mi tío. Me legó dos mil áureos y un caballo. Allí conocí a Fidus. Me dijo que aquí alguien quería vender una domus a un precio muy conveniente y que podía mudarme.
—Disculpe otra vez, Dominus. ¿Conoce el nombre de sus “amigos”?
—Ehh… no. Me parecieron buenas personas…
—Vuelva a perdonarme… No quiero ofenderlo, pero su “amigo” “Fidus”… no parece digno de fe. Los demás tampoco corresponden a sus apodos… ¿Cómo los conoció?
—Llegamos en barco, entramos por la Porta Marina y Fidus me condujo hasta el Teatro Grande. Encontramos a Rufus y llamaron como testigos a los otros.
—Qué “casualidad”… Llegamos. Pero sus “amigos” no están aquí…
Gaius enmudeció. Cayó con las rodillas en tierra ocultando su cara con sus manos El robusto hombre lloraba como un niño.
—¡Lo he perdido todo!
—No… ¡Si mi amo me escuchara como usted!
—¿A qué te refieres?
—Algo malo sucederá, lo sé… Hace unos días le dije que había una grieta en la pared. No me hizo caso. Los animales se comportan de forma extraña. Hoy antes de ir al mercado, se desprendió una teja y gracias a Dios…, digo, a los dioses, por poco no me mata… ¡Váyase de aquí, usted que es libre de hacerlo! —suplicó entre lágrimas y sacudiéndolo.
—No llores…
—Mi amo es un buen pater. Ahora está pensando cómo aumentar la dote de su hija, que ya está en edad de casarse. ¡Pero no hace nada para salvar a su familia!
—Tú no tienes que seguir su suerte. Yo no quise creerte, y todo lo que me dijiste resultó cierto…
—¿Qué puedo hacer?
—Muéstrame dónde vives y dile a tu amo que un Señor que ha llegado de Roma necesita verlo. Mi caballo y este anillo servirán para la dote de su hija…Hoy es la vulcanalia. Encenderé una hoguera e invocaré la protección de Vulcano. Sé que me escuchará, pues soy herrero.
Gaius cumplió lo prometido y logró convencer al amo. Viridia dejó la casa y salió con una pequeña bolsa que contenía todo su peculio.
Luego se dirigieron a una taberna para comprar provisiones y descansar. Ya bien entrada la madrugada emprendieron viaje, y antes de llegar a la Vía Stabiana, vieron a “Fidus” y sus amigos que salían borrachos del lupanar.
—Déjalos, Gaius. No vale la pena —dijo Viridia.
Poco después atravesaron la Porta Stabia y abandonaron la ciudad junto con las aves que levantaban vuelo. Después de varias horas llegaron a Surrentum.
Se oyó un estruendo. La tierra tembló. Una nube oscura y enorme asomaba del Vesubium. Crecía y adoptaba la forma de un hongo atravesado por relámpagos y destellos rojizos, y, por todos lados, caían cenizas y piedras incandescentes.
En lo que alguna vez había sido Pompeii, se divisaba un fulgor anaranjado.
La calma volvió a la mañana siguiente.
—¿Crees que lo has perdido todo? —preguntó Viridia.
—Perdí dos mil áureos, mi caballo y un anillo. Nada más.
—Me tienes a mí. Podrás venderme y comenzar otra vez.
—Te equivocas. Te daré la libertad y empezaremos otra vez…

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