Entre nosotras… el universo

 Entre nosotras… el universo



 

—Ma, abu Eva nos trajo un regalo —dice Inti.

—Te esperábamos para abrirlo —agrega Astrid entusiasmada.

—¡Ábranlo! —Invito.

—Son tu viva imagen  —asegura mamá—. ¡Y tan cariñosos!

—¡Mami, papi, miren!

¡Cuánta alegría derraman! Qué felices nos hacen…

—¡Un tren! —gritan.               

Ellos no lo saben, eso espero, pero acaban de recordarme aquel día agotador y su noche tan fría…

Afortunadamente, esa tardecita volvía en la línea Mitre en vez de la Sarmiento… ¡ay, esos trenes! Pensaba en el hospital en Capital, en nuestros pacientes… ¡Malditos recortes! Mientras, el joven sentado a mi izquierda miraba un video donde otro de su edad exhibía lujos obscenos; a mi derecha, una adolescente festejaba a unos streamers.

A diferencia de sus ídolos, esta triste pediatra saltaba de hospitales a sanatorios y apenas llegaba a fin de mes…

Entretanto, mis compañeros de la secundaria decidieron juntarse el sábado siguiente. Todos tenían vidas perfectas, carreras y familias. Y yo, “Murillo, la aburrida”, nada.

Después de llegar a Retiro crucé el andén y di con el kiosco de revistas. Dos trabajadores miraban un diario, cuyos titulares referían al menor costo de bienes suntuarios, a un magnate celebrando la disminución del gasto público, a “disturbios” en una protesta de jubilados y a las declaraciones xenófobas de un legislador.

—Esos extranjeros aprovechan universidad y hospital gratis o son delincuentes.

—Es así. Pero todos los políticos son iguales… ese, los de antes, los de ahora…

Seguí caminando. Pasé junto a la escultura llamada “el abrazo”, giré hacia el centro del hall y, aunque nunca lo hacía, me persigné frente a la imagen de la Virgen. Continúe en línea recta hasta la cafetería y entré.

—Doña, ¿me compra una estampita? —murmuró un niño pobre y mal abrigado.

No pude resistirme: me entregó una foto de Francisco y le di unos pesos, mi medialuna y mi café.

De pronto sonó el viejo teléfono público próximo a la cafetería. Nadie pareció advertirlo, excepto yo.

—Hola.

—Estoy herida…

—Soy médica. ¿Dónde…?

—…

Mi celular vibró: se abrió un mapa mostrando una ubicación.

No podía ser casualidad. Tan pronto como pude, volví a casa y busqué mi auto, que, debido al costo, hacía meses no usaba. Por suerte arrancó. Conduje hasta la ubicación: unos trenes abandonados en el Conurbano.

—Reneé, viniste...

Era la voz del teléfono: conocía mi nombre pese a que no se lo había dicho.

Entré al vagón y la linterna descubrió la sorpresa más grande de mi vida: una figura de aspecto humanoide, esbelta y alargada, yacía en el piso. Su rostro era ovalado y su parte inferior remataba en ángulos suaves. Sus pómulos sobresalían, como también sus ojos rojos. Su piel, tersa, oscilaba entre un suave gris y un celeste, y, bajo la luna, se volvía tornasolada.

—¿Qqqué sos? —Retrocedí asustada.

—No me dejes...

Aquel ruego sacudió el juramento hipocrático dentro de mí.

—¿Cómo te llamás?

—Aasheiitsa. Voy a morir. Tengo miedo…

—Estoy acá. —Tomé su mano.

—Mi planeta, Aephiria, está en peligro. Muchos decidimos irnos… Nuestra nave se averió…

—¿Nuestra? Estás sola…

—No…

Miré a su izquierda y vi a dos pequeñas criaturas, que cubrí con mi campera.

—¡Qué preciosos!

—Khraraiia, mi niña, y Ozhaiiu, mi niño… Tráelos aquí.

Los acerqué y me agaché.

—Paz… —Apuntó a la cruz de mi cadenita, regalo de bautismo de mi madrina. Me la quité y se la coloqué.

—Gracias… Sólo tú puedes ayudarme.

—¿Cómo?

—Llévate a mis bebés. Sin ti morirán.

—Pero…

—Tócalos...

Al cumplir su deseo, adquirieron apariencia humana

—¿¡Queeeeé!?

—Podemos copiar tu genética y adoptar tu forma. Ahora son tuyos —respondió Aasheiitsa y me entregó una pequeña esfera plateada—. Cuando tengas alguna duda, tómala y cierra tus ojos. Te dirá lo que necesites saber.

Era increíble. Pero ante la moribunda y sus indefensos pequeños, lo racional era tan vano como cruel.

—Los cuidaré como si fueran míos.

—Son tus hijos, Reneé —subrayó dulcemente—. Luz… Tanta luz. Esa mujer me llama…

—Son mis hijos y vos, mi hermana. Nunca te olvidaremos, Ashi. —Besé su frente y le apreté la mano. Su mirada apuntaba al infinito, y en su rostro se dibujaba una cálida sonrisa que pronto se eternizó.

Llorando, tomé a los niños y salimos. Una luz nos envolvió. Miré hacia atrás: el cuerpo de Aasheiitsa había desaparecido.

Mi vida y la de mis bebés habían cambiado para siempre, mientras el mundo seguía girando como si nada pasara… Aunque algo sucedió. Recibí un mensaje de Diego: “Hola, Muri. Tanto tiempo… Recién terminé una cirugía y abrí el grupo. ¿Da para caer juntos el sábado? 😉”


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